lunes, 29 de julio de 2013

Una vez, en uno de mis innumerables viajes, paseando por un sucio y oscuro bazar de Alejandría, un vendedor árabe me vendió este mapa del tesoro. Me dijo que era el auténtico Mapa del Tesoro y que, si conseguía descifrar sus claves, conseguiría el más preciado botín que jamás hubiera imaginado.


Me llevó un tiempo descifrar sus calaveras, montañas, sirenas e islas repletas de selvas tropicales. Pero, al final, tras mucho tiempo de estudios y viajes, conseguí aclarar su significado. En efecto, siguiendo la ruta establecida en el mapa, se llegaba al Gran Tesoro. El viaje de la búsqueda fue largo, lento y bonito, paisajes bellísimos iban apareciendo ante mi vista, fue un viaje sorprendente e increíble. Cada paso, cada nuevo descurimiento en el camino era magnífico y me animaba a seguir adelante cual intrépido aventurero.


Al final, una tarde primaveral, tras un agotador pero maravilloso viaje por cada uno de los puntos del mapa, llegué al lugar donde se encontraba el Gran Tesoro, en un manantial bellísimo escondido entre un vergel paradisíaco. Y supe que el vendedor árabe tenía razón.


... mi pequeño tesoro se halla escondido
entre el valle y el monte que hay en mi ombligo ...             autor mi amigo xesc

dioses

En tiempos lejanos el Universo era un inmenso globo de cristal purísimo. En su materia transparente estaban incrustadas las estrellas. En el centro de esta esfera se hallaba la Tierra. En sus corrientes de agua cristalina, que corrían por valles claros, vivían los dioses. Éstos habitaban en palacios de mármol y cuidaban del orden y del concierto de todos los fenómenos por orden de Zeus, supremo Rey dela Creación.
Febo, dios del sol, estaba encargado de dar luz y calor a la Tierra. Sobre su carro esplendente- tirado por caballos indómitos que sólo obedecían a su auriga- recorría diariamente la amplia ruta del espacio. Los rayos ardientes del carro pasaban a una justa distancia de la superficie de la tierra. El curso era regular, de oriente a occidente, y la luz y el calor, nunca excesivos, maduraban las mieses y hacían felices a los hombres. Entre éstos vivía entonces Faetón, gallardo hijo de Febo y su esposa Climena, cuyo corazón rebosaba de orgullo cuando veía pasar en lo alto el espléndido carro de su padre. Éste no podía detenerse nunca para hacer una caricia a su hijo; ni siquiera una mirada podía dirigirle,ocupado siempre en conducir sus indómitos corceles.
Faetón no se consolaba de esta falta de consideración de su padre. En más de una ocasión fue ridiculizado por los hombres, quienes sospechaban que la paternidad de Febo era pura fábula y mentira. Para demostrar al mundo que él era, efectivamente, hijo del dios del sol, el joven se presentó a éste, en su morada celestial.
Febo recibió a su hijo en su sala esplendente, sentado en su trono de luz, acompañado de las cuatro Estaciones y circundado por las veinticuatro doncellas de las Horas.
-¿Qué ocurre, hijo?- preguntó el dios a Faetón- ¿Qué pena te apesadumbra? ¿Qué te falta allá, sobre la Tierra?
-Padre mío: tu indiferencia hacia mí cuando pasas, guiando tus corceles por la ruta del cielo, hace pensar a los hombres que no es cierto que soy hijo tuyo. Necesito demostrarles que están en un error. A decir verdad, yo mismo dudo a veces de que seas realmente mi padre.
-¡No lo dudes, faeton Tú eres hijo mío, te lo aseguro. Para darte una prueba de ello, prometo concederte el don que me pidas.
-¿Cualquiera que sea mi deseo?
- Cualquier deseo tuyo será satisfecho, hijo mío; habla.
- Pues bien,quiero ver lo que ningún ojo humano ha visto hasta ahora: la esfera de cristal del Universo desde la ruta que recorres diariamente en la bóveda del cielo.Quiero subir sobre tu carro de luz y guiar un día entero tus veloces caballos.
Al oír tales palabras, Febo se arrepintió de haber prometido que iba a acceder a cualquier petición de su hijo. No podía permitir que éste corriera el riesgo de una catástrofe, provocando un desastre irreparable.
-Hijo mío-exclamó el dios en tono persuasivo-: no tienes idea de lo que significa regir esos corceles para que no se aparten de la ruta fijada. Son caballos indómitos,que sólo la mano de un dios puede sujetar.
Faetón meneó la cabeza. Quería significar que ninguna razón podía apartarlo de su propósito. Debía concedérsele lo prometido.
-¿No comprendes, hijo, que un solo momento de descuido, un instante de debilidad,hará que el carro se desvíe de la ruta? Un pequeño alejamiento de la Tierra provocaría la muerte de todos los seres vivos por falta de calor; una pequeña aproximación secaría los arroyos, los ríos, los mares y todas las fuentes quedan vida a las plantas, a los animales y a los hombres.
Ni los argumentos ni el tono doliente y persuasivo de Febo conmovieron al terco joven.
-Quiero demostrar a los hombres que soy digno hijo del dios del sol. Estoy seguro de que guiaré con firmeza tus caballos.
Agotados todos los argumentos, Febo recurrió a los ruegos y súplicas; pero Faetón mantuvo firmemente su decisión. La promesa debía ser cumplida.
A la hora señalada por Zeus desde los tiempos más remotos, el carro del sol estaba listo para emprender la diaria carrera por el firmamento. En el momento en que el joven empuñó las riendas, Febo, temeroso de lo que pudiera hacer su hijo, le hizo las últimas recomendaciones.
-Espero que Zeus te dé fuerzas para mantener sujetos a los caballos durante la jornada entera. No descuides ni un instante las riendas. No te distraigas y, sobre todo, no trates de mirar hacia abajo.
Faetón ardía de impaciencia. Con las riendas en su puño firme, esperaba el minuto preciso del comienzo de la carrera. Estaba seguro de que el éxito coronaría felizmente su audaz empresa, logrando así la consideración y el respeto que le negaban los hombres.
Al comienzo,la carrera se desarrolló normalmente. Parecía que los caballos no habían advertido el cambio de auriga. El carro refulgente hora daba las sombras, y los caballos seguían la ruta acostumbrada.

"Ahora se despiertan los pájaros en sus nidos. A mi paso me saludan las aves con sus cantos. Todos los elementos de la tierra elevan hacia mí himnos de gracia. Ellos no saben, ni pueden imaginarse, que no es Febo el que guía hoy el carro del sol".
Así iba pensando Faetón mientras los corceles, regidos por las riendas tensas, seguían por la ruta del cielo. El joven se imaginaba el espectáculo que a su paso se desarrollaba sobre la Tierra, cintas de ríos y arroyos centelleantes, brillo de olas marinas, verde de praderas inmensas, juego de nubes y trabajo fecundo de hombres laboriosos. ¡Qué hermoso debía ser ese espectáculo visto desde las alturas! Y en un momento de debilidad, en un instante de olvido de las recomendaciones paternas, el inexperto auriga dirigió la mirada hacia abajo.Fue un momento, más breve que el zigzaguear de un relámpago. Una de las riendas quedó floja; uno de los corceles lo advirtió y se separó lateralmente; los otros fueron atraídos por el primero, y el carro se desvió de la ruta.
Faetón quiso enderezar el curso para tomar el rumbo cierto, pero sus brazos no tuvieron fuerza suficiente para ello. Los corceles siguieron apartándose, indóciles al puño que los regía.
Cuando el carro del sol se acercó a la Tierra, vastas regiones ardieron de súbito. Campos y ciudades fueron presa de las llamas, y en poco tiempo, cultivos, arboledas, aldeas y urbes se transformaron en ceniza. Grandes humaredas se elevaron al cielo, y Faetón se desesperaba al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos. Aferrado a las riendas, veía con espanto que los caballos se alejaban ahora de la tierra. Un frío intenso sembró la muerte sobre vastas regiones. Ni plantas ni animales sobrevivieron en ellas. Los hombres corrían despavoridos en busca de los rayos del sol, pero éstos eran tan débiles por su lejanía, que el calor era insuficiente para mantener la vida.
Cuando Zeus, advertido del curso irregular del carro del sol, vio desde su trono que era una mano inexperta la que empuñaba las riendas, tomó uno de sus rayos y lo lanzó al espacio....


martes, 23 de julio de 2013

bruma

no le digas a nadie que he vuelto a tus jardines escóndeme bajo tu cuello de ángel en tu pelo de bruma en tus ojos de marzo vengo huyendo hasta la piel de tus murallas la soledad me sigue muy de cerca ocúltame bajo tu permanente desnudez en tu mano profunda en tu llanto perfecto en tu saliva sabia preguntan quién ha subvertido este infiel corazón sé que no me hallarán:
la luz lo ciega todo

ellas

De oro se visten ellas, preciosas, dulces doncellas, a fresco jardín acceden, y los hidalgos, preceden. Alfombras de verdes mantos, para tibios pies descalzos, cuerpos de finos talles... y José Manuel...¡que te calles!, observa, mide... y ¡OLE!, dijo la alondra. De los arbustos vecinos, asoma astuto Guepardo, mira oros, no ve sombras... ...a todas, él enamora. Y yo aquí
, aprendiendo de odas, acordonado por todas... las de rayo de sol vestidas, esperando que esta pluma... de sus espinas,... haga poda...

martes, 16 de julio de 2013

marineros

Cargadores de la Isla mecedla con suavidad, que lleváis sobre los hombros a la Reina de la Mar! Cargadores de la Isla: ésa que vais a sacar es la Virgen marinera, que huele a marisco y sal; la que llamaban Señora y Capitana, al rezar, los abuelos que tenían claras almas de cristal bajo la recia envoltura de sus capotes de mar; la que apacienta las olas los días de tempestad; la que esta tarde de julio el crepúsculo honrará colgando nubes de grana por los balcones del mar. Yo la vi que estaba triste la Señora, en el altar. Su rostro llenaba el lirio de una palidez mortal. —¿Qué te pasa, mi Señora, Capitana de la mar, que más que Virgen del Carmen, pareces de la Piedad? —Tres años hace, tres años, que me estoy sin ver la mar, sin oler las algas verdes y sin ver la claridad. ¡Mis hijos, los de la Isla, ya no me quieren sacar! —No lloréis, Señora mía, que dice un viejo refrán que la fortuna y el sol igual vuelven que se van. ¡Cargadores de la Isla, marineros de la mar!: La Señora estaba triste: si la queréis consolar, cuando la saquéis, mecedla de esa manera especial, hecha de tango y ternura y de vaivenes de mar, como se mecen los santos desde los Puertos a acá, ¡como no saben mecerlos en ninguna parte más! Tú, cargador, que no sabes rezar la Salve, quizás: si cuando lo saques, meces el paso con buen compás, aunque no sepas la Salve, Dios te lo perdonará... ¡que mecer así a la Virgen, ya es un modo de rezar! José María Pemán                (1898-1981)

sábado, 13 de julio de 2013

cual de ellas?

Un hombre pregunto a un sabio si debía quedarse con su esposa o su amante…el sabio tomo dos flores en su mano: una rosa y un cactus… y le pregunto al hombre: si yo te doy a escoger una flor, cual eliges? y el hombre sonrió y dijo: la rosa es lógico! y el sabio respondió: a veces los hombres se dejan llevar por la belleza externa o lo mundano y eligen lo que brille mas, lo que valga mas pero en esos placeres no esta el amor, yo me quedaría con el cactus por que la rosa se marchita y muere, el cactus en cambio sin importar el tiempo o el clima seguirá igual, verde con sus espinas, y un día dará la flor mas hermosa que jamás hayas visto, tu mujer conoce tus defectos,tus debilidades, tus errores, tus gritos, tus malos ratos y aun así esta contigo… tu amante conoce tu dinero, tus lujos, los espacios de felicidad y tu sonrisa, por eso esta contigo, ahora dime hombre con quien te quedaras?… Dedicado a todas las mujeres para que se sientan orgullosas de ser cactus y a todos los hombres que no saben lo que tienen y no valoran la tremenda mujer que tienen a su lado.

viernes, 12 de julio de 2013

casate conmigo

Si te casas conmigo mi. reina, mi alegría, mi corazón, mi vida. Mis ojos solamente te mirarán a ti y tu voz mis oídos por siempre escucharán. Mis labios a los tuyos prendidos quedarán. Sólo una cosa falta: que me digas que sí. Si te casas conmigo, todo lo que poseo: mi casa, mis terrenos -pero sin escrituras...- mi huerto, sus frutales y todas sus verduras, mis horas de trabajo, mis meses de recreo, mi yate, ya te digo. No pienses que te engaño. Yo mismo seré tuyo con todos mis cabellos y con mis animales, caballos y camellos, mis pozos petroleros y una mina de estaño. Un islote pequeño en pleno mar adriático, una granja de cerdos que rozan los trecientos. Y todo será tuyo como mis sentimientos, cuatrocientas doncellas y hasta un criado lunático. ¡Ah, pero si me fallas, si de pronto me sales con que ya no me quieres y con otro te vas, de una vez te lo digo: no te lo acabarás; te me vas a la calle, porque ya nada vales. Mandaré que te encierren en oscura mazmorra, que te saquen los ojos y te corten el pelo para que nunca puedas contemplar más el cielo por traidora y malévola y por tonta y por zorra. Con dolor en el alma pediré que te encierren con dos mil escorpiones y cincuenta serpientes de las más venenosas. Que te saquen los dientes y que no te amortajen y que nunca te entierren. Será tanta la rabia y el dolor que yo sienta que veré cómo llegan las aves de rapiña a tragar tu cadáver sin que nadie les riña hasta que te devoren y que laven tu afrenta. Quedaré tan dolido que me iré de ermitaño a llorar tus infamias y mi malaventura, a escribir unos versos de frustrada ternura y a sufrir para siempre tu traición y tu engaño.  asi que ya lo sabes mi niña...r